RODRIGO MORABITO
CUANDO EL CELULAR NO DUERME; LOS ADOLESCENTES TAMPOCO

Hoy en día podemos decir que hay datos que no necesitan demasiada explicación, porque hablan por sí solos. Pero sí necesitan que nos detengamos un momento a pensar qué estamos haciendo como sociedad.
Hoy sabemos que 6 de cada 10 adolescentes se duermen con el celular en la mano. También que la mitad pasa más de cinco horas en redes sociales los fines de semana y que más de la mitad no se separa del teléfono ni siquiera para ir a la escuela.
Y entonces la pregunta no es tecnológica. Es humana.
¿Qué está pasando con nuestros chicos cuando el último estímulo del día es una pantalla? ¿Qué lugar queda para el descanso real, para el silencio, para pensar, incluso para aburrirse? Porque en ese “aburrirse” también se construye creatividad, identidad, mundo interior.
No se trata de demonizar el celular. Sería tan absurdo como negar la realidad. La tecnología es parte de sus vidas (y también de las nuestras). El problema empieza cuando deja de ser una herramienta y pasa a ser una compañía permanente. Cuando no hay pausas. Cuando todo el tiempo hay algo que mirar, algo que responder, algo que consumir. Ahí aparecen otras cosas; el cansancio constante, la dificultad para concentrarse, la ansiedad por estar siempre conectados, la necesidad de aprobación en redes, la comparación permanente.
Y frente a eso, muchas veces los adultos llegamos tarde. O miramos para otro lado. O creemos que “es normal” porque todos hacen lo mismo. Pero que sea frecuente no significa que esté bien.
El desafío no es prohibir. Es acompañar. Es poner límites razonables. Es animarnos a decir “hasta acá” aunque cueste. Es volver a generar espacios sin pantallas en la mesa, antes de dormir, en la escuela.
Porque si no intervenimos, el riesgo no es solo que duerman menos.
El riesgo es que crezcan más solos, más ansiosos y más dependientes de un mundo que nunca se apaga. Y los
